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El norte americano sobre ruedas

El norte americano sobre ruedas

Brenda Collins: No me lo puedo creer, finalmente he llegado a Estados Unidos. ¿Y toda esta gente que está aquí esperándome? Eso es que han leído mis crónicas en los periódicos. Me parece increíble este momento y que hayan pasado ya tantos meses desde que me hice con esa dos ruedas en el espectáculo de motos de Montreal (Canadá), la 125cc Bantam D1.

Fue un impulso, algo que me llamó por dentro y tuve que hacerlo. Así que no dude ni una sola vez y me lancé a la aventura, ya estaba cansada de tanto periodismo local y mi cuerpo me pedía aventura. Muchos me dijeron que estaba loca por emprender un viaje yo sola, aún no sé bien si se referían a eso de ser mujer o de tener 25 años. Realmente, lo que a mí me asustaba era controlar esa moto porque el día que la compré no tenía ni idea ni siquiera de cómo se arrancaba. Menos mal que como decía mi abuela: “todo es cuestión de ponerse”. Y no fue tan difícil, al final es cuestión de querer aprender.

Tenía claro que quería ver mundo y superarme a mí misma con un reto aunque no me puse ni fechas ni límite de tiempo, tan solo quería contar que se sentía, qué veía, qué experiencias iba a tener y así hice con las crónicas que fui mandando a revistas, periódicos y las entrevistas por radio que por lo que se ve han tenido cierto éxito.

A finales de verano, en agosto de 1953 me lancé a ese viaje. Dejé Montreal para empezar a rodar por las carreteras norteamericanas. La B.S.A. 125 C.C, mi máquina de escribir portátil y yo porque lo que se refiere a dinero había un cálculo aproximado de poder gastarme dos dólares al día… menos mal que al final conseguí hacerme con algunos trabajos temporales que me ayudaron a pagar la gasolina y mi propia comida. El primer destino fue Winnipeg hacia el oeste de Canadá. También pisé Manitoba, Regina, Saskatchewan, Calgary y Banff. Más tarde Alberta, las montañas rocosas de Vancouver y la Columbia Británica. Desde la costa oeste de Canadá, cabalgué hacia San Francisco, Los Ángeles y San Diego antes de viajar al este de Tucson, Arizona. Después Houston, Nueva Orleans y Jacksonville, Florida. Hacia el norte me detuve en Savannah, Georgia,

Raleigh, Carolina del Norte, Washington DC y al final, contra todo pronóstico, aquí, en Nueva York el 9 de abril de 1954. Un total de 90 días que si hecho memoria atrás, me parecía imposible. Más de 10.000 kilómetros entre las tres (la moto, la máquina de escribir y yo).

Después de tantas horas, distancia y experiencias no sé bien si he cambiado como persona o realmente me he descubierto a mí misma. Lo que sí sé es que a pesar de haber contado mi historia a miles de personas con la única que me apetece hablar es con mi abuela. Volver a Kent, en Inglaterra y que ella sepa ver en mis ojos si he cambiado o sigo siendo yo pero más yo que nunca.

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Ella que luchó por el voto femenino en Inglaterra y que lo consiguió junto a sus compañeras en el 6 de febrero de 1918 en el Parlamento británico. Más o menos, ocho años después de que alcanzarán el derecho las americanas; ella sabe ver mejor que nadie si una es de verdad o no.

Después de haber ganado la lucha de las mujeres y de la II Guerra Mundial creo que es el momento de seguir con mi propia aventura aunque aún no sepa qué significa eso ni cuál será el próximo destino que relataré para mis lectores. Eso sí, tengo la corazonada de que aún me queda mi propia guerra o como dice mi abuela: “saber el sentido que tienes en todo esto de la vida”. Por ahora, ser la primera mujer en recorrer tantos kilómetros encima de una moto y para mí, no cualquier moto.

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